Es difícil adaptarse al paso del tiempo sin que se note mucho. Es difícil conjugar tu tiempo con el de los otros. A veces tienes que disimular para demostrar que entiendes a lo nuevo. A medida que cumplo años debo admitir que sé menos cosas de las que tendría que saber y las pocas que sé no sirven para ufanarme. Aprendo a ser humilde y a considerar que la humildad es hermana de la comprensión. Hay que hacer como en el golf, donde no juegas contra los demás sino contra el campo.
La mente es una traidora, pero sin ella no vamos a ninguna parte. La mente recoge el resumen de nuestra vida para aplicarlo al presente y en ocasiones atormentarnos con el recuerdo. La memoria tampoco reúne las condiciones para fiarse de ella. Con un poco de aquí y otro poco de allá podemos avanzar sin andar a tientas. El mundo está lleno de trampas y debemos dar las gracias por haber llegado ilesos hasta aquí. No me gusta hablar de sabiduría. Me parece una petulancia inservible. Siempre nos queda un tramo inmenso por aprender. Es más fuerte el reconocimiento de la carga de lo que ignoras que la presunción de lo que sabes.
Ahora tengo a estas herramientas digitales para comunicarme. Hay quien dice que son adictivas y peligrosas. En mi caso han hecho crecer una gestualidad que antes no existía. La red es como tirar una botella al mar, pero con la respuesta inmediata de quien recibe el mensaje. Basta con un icono, a veces un comentario y otras una reacción airada. Es muy fácil entenderlo. Igual que en la canción, yo solo pasaba por allí y tú estabas en el camino. La vida son coincidencias. Algunos no tienen ni eso. La perfección no existe. Todo consiste en evitar pisar donde están las minas. Conocemos los riesgos y ellos nos conocen a nosotros. Eso tenemos ganado para defendernos.
Hoy he escuchado "La última curda", por el polaco Goyeneche. "Lastima bandoneón mi corazón tu ronca condición maleva". Me gusta mucho este tango porque me parece una lección para sobreponerse. "No ves que vengo de un país que está de olvido siempre gris por el alcohol". Toto me mandó una entrevista que me hicieron desde una radio de Mendoza, hablando de nuestro disco con Horacio Díaz y de folclore argentino. Me hubiera gustado hacerlo de novelas y de Mariana Henríquez y Leila Guerriero. Pasé una buena tarde de lectura, un poco alejado de las polémicas locales.
Esta mañana estaba nublada y húmeda, como en un tango, y Pizarro y Urioste no salieron de sus casas para ir a esa reunión que tenemos los viernes. Los periódicos siguen con David Uclés y Pérez Reverte, y nosotros no salimos de los novelistas que recomienda Nabokov. Todos los días leo un capítulo del Quijote, repetido cien veces. Después le meto el diente a las novedades que recomiendan en los diarios. Hay muchas cosas que dejamos atrás porque no le podemos dar cabida a todo... Me ayudan mucho las versiones Kindle. Tengo el ordenador petado. Urioste me regaló una estilográfica y emborrono folios con ella como un retorno al pasado.
Si no fuera por estas cosas ya me habría devorado la depresión. La depresión es un fantasma fabricado con gases temblorosos, igual que el viento que mueve las aspas de los molinos de don Quijote. Quién le iba a decir a Cervantes que ahora fueran la fuente de la energía renovable. Gracias a él todo lo que me resulta alejado lo veo más cercano. Siento como si el tiempo no pasara. Por eso veo las cosas sin prisas y me siento en un banco para ofrecerle mi rostro a la brisa. Me aturde la vulgaridad y no soporto que se universalice. A veces la siento como un bofetón y me digo que lo debo superar con paciencia.