OPINION

Curetes de la salud

Daniel Molini Dezotti | Sábado 07 de febrero de 2026

Una doctora, que conoce mi afición por la flora y las luchas que mantengo para aprender lecciones de botánica que olvido al día siguiente, me mandó un mensaje desde un pueblito de Kenia, aislado, situado en un rincón de la isla de Lamu, de nombre Matondoni.

Me alegró saber de ella, y, al principio, cuando leí el texto, me pareció que estaba desafiando mi sapiencia vegetal.

Conociéndola, como si fuese de la familia, me di cuenta de que no se trataba de eso, sino de sus ganas de compartir una foto, en la que unos jóvenes de aquella tierra charlaban a la sombra de un árbol precioso.

Sin darme los buenos días, inquiría: “A ver si me sabe decir qué ejemplar es, me dijeron que se trata del "hospital" del pueblo. Por cierto, el que mandé la semana pasada, en efecto, era un mango enorme.”

La pediatra, esa es su especialidad, llegó a esa sombra “hospitalaria”, desde la sombra de otro hospital, éste sin tronco ni follaje, sino con batas blancas y compañeros del arte de curar, también procedentes de Tenerife.

Allí, en el Hospital del Condado de Lamu, se entregan en el Servicio de Pediatría, implementando una unidad de cuidados intensivos dotada por la Fundación Pablo Horstmann, encargada de colaborar también con un orfanato y cuya historia, en tiempos convulsos de mezquindad y mal hacer, deberíamos ponderar. Eso demostraría que la grandeza, afónica como está, también puede oírse.

La doctora, antes de presentarme sendos árboles, me mostró el sitio y con quienes comparte esfuerzos

Pero retornemos el árbol, que, para mi gusto y con todas las dudas, tenía la pinta de ser un fresno.

Tuve que recurrir a otras fuentes más “verdes” y menos otoñales que mis neuronas, en una búsqueda que, unida a las ganas de comparar, me permitió dar con la identidad del ejemplar.

Por supuesto, tras el hallazgo, no tardé en presumir: “Doctora, creo que ese árbol es pariente lejano del mango. En swahili se llama mwarubaini, y, si lo busca, encontrará que su nombre en español es nim.”

Ya me veía, como si lo supiera de antes, escribiendo un artículo; pero apelé a la paciencia y a la necesidad de contrastar: “Aprovechando que usted está allí podría averiguar si mwarubaini significa hospital y si lo llaman árbol de las 40 curas.”

No pude reprimir la soberbia que me condena, y agregar como si fuera algo sacado de mi pozo cultural -casi vacío-: “En los catálogos figura como “Azadirachta indica”, “árbol libre” o “árbol noble” en persa, y que en la India consideran milagroso por sus usos para combatir infecciones, y la elaboración de aceites, cremas y remedios ayurvédicos.”

Imaginé a la doctora sonriendo ante mi falta de humildad, pero eso no me amilanó, necesitaba contar rápido lo aprendido, antes de olvidar.

“Doctora, allí donde están ustedes ahora, los poetas le cantan a ese árbol versos como: “Mtoto mdogo, umri wa miaka tisa.”

En nuestro idioma: “Niño pequeño, de nueve años apenas, / la enfermedad lo atrapó, fiebre ardiente y cruel. / La madre lloró, el padre rezó con fe, / hojas de mwarubaini, medicina del dios celestial. / Su sombra lo protegió, la dolencia se desvaneció, / ahora juega en el mar, alegría de la tierra de Lamu.”

También podría agregar, porque lo estoy leyendo, que pertenece al género Melia, bautizado de ese modo porque es como los griegos conocían al fresno florido y también a una musa, mezcla de belleza y confusión: árbol, dulce, miel.

Le cuento que Melia tenía unas “primas”, las meliades, especie de “corporación” compasiva, que alimentaron a Zeus niño con savia dulce, custodiándolo en una cueva cuando Cronos, ¡ay Cronos!, lo perseguía para acabar con él.

Siempre con celos los dioses, enredados en controversias, incapaces de solucionar conflictos sin guerras ni destrozos. A lo que iba, fueron ellas las que criaron a la criatura olímpica, mientras los curetes, ¿muchas complicaciones en el párrafo?, los curetes decía, distraían al enemigo haciendo ruido para que no se escuchasen los llantos. Porque Zeus, de pequeño, lloraba, y los curetes, golpeando escudos con lanzas escondían con percusiones los hipos y las lágrimas del futuro dios.

Y hasta aquí llegamos doctora, pretendía, tras un larguísimo rodeo, arribar a este punto del relato para trasladarles mi admiración.

A usted, a sus amigos de Tenerife, a sus colegas de Granada, a los trabajadores locales de la Fundación y todos los voluntarios de alma noble, que representan una combinación virtuosa de curetes que protegen a los niños, sin ruidos, solo armados con ese amor infinito que consigue convertir el sufrimiento injusto en vida que merezca la pena ser vivida.


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