OPINION

Alguien tergiversa mi recuerdo

Julio Fajardo Sánchez | Domingo 01 de febrero de 2026

La gente prefiere que le hablen del ayer más que de la actualidad. Es como si la distancia tuviera esa gran atracción que ejerce el abismo sobre los suicidas, llamados hacia el fondo de los precipicios. El pasado es elástico, siempre sometido al tamiz de la memoria, interpretable y personalísimo. Es muy poco probable que dos personas recuerden lo mismo, o al menos confluyan en la rememoración de hechos idénticos. Sin embargo, hay una coincidencia inevitable que solo se diferencia cuando te encuentras encuadrado en uno de los grupos que comparten eso que se llama punto de vista.

El presente, que podría parecer menos escurridizo, es todavía más diverso porque intervienen disciplinas y filiaciones a la hora de explicarlo. A pesar de todo, la gente prefiere el pasado porque en él se puede hallar una complicidad en la evocación de lo que es común. En lo que no lo es, siempre habrá distancias profundas: eso que llamamos posiciones irreconciliables. Recordar no es repetir algo que ya fue, ni siquiera es una oportunidad de rectificar. Recordar es una acción selectiva para la evocación feliz.

Los psicólogos recomiendan no regodearse en las cosas desagradables, y no analizar los errores cuando ya no se puede dar marcha atrás. La vida debe ser un camino hacia la estabilidad, igual que los equilibrios indiferentes que buscan su acomodo definitivo para evitar las tensiones que los perturben. Pero siempre nos empeñamos en que las cosas sucedan de la forma en que menos nos convienen, y almacenamos reseñas injustas que nos conducen a la desconfianza y al odio.

Pedro González era sobre todo mi amigo. Cuando hablaba con él a diario en la alcaldía lo sorprendía cantando por lo bajini un trozo de una zarzuela. Nosotros éramos más de zarzuelas, cuando en la zarzuela se escondían frases para recomendar un comportamiento adecuado. “Quiero desterrar de mi pecho el rencor”, decía y yo adivinaba el esfuerzo por quitarse de encima el mal recuerdo de una injusticia o la incomodidad de soportar a un vecino pejiguera. A mí me gustaba mucho el dúo de Julián y seña Rita, en “La verbena de la paloma”, cuando le dice: “Si el cariño a la Susana se le acaba ya y te ha dicho que contigo no quiere ya na; a qué tienes condenado, maldita séala, perseguirla y perseguirla, si es su voluntad”. En la zarzuela podría acabar todo aquí, pero no es así, porque se trata de un juego y ella pretende darle celos, y termina triunfando el amor.

En la alcaldía había un pastel de Guezala, con una maguita guapa con un sombrero. Parecía mirarnos cuando nos poníamos a desmenuzar los pormenores del plan de barrios con el que pusimos a La Laguna patas arriba. Debajo de las estanterías había armarios que guardaban las cosas antiguas que el ayuntamiento había comprado para luego poner a la sombra. Unos discos de la misa sabandeña con la portada de Manolo Millares o unos ejemplares del libro que hice con Zenón sobre arquitectura de Tenerife.

Me he ido al recuerdo de la parte amable del tiempo, como queriendo salir al paso de ese inventario que ahora se le hace a la transición. Las cosas eran tal y como las cuento. Lo de hoy es un invento para desequilibrar nuestra memoria. No hay nada peor que depositar la responsabilidad del pasado en aquellos que no lo vivieron, Desgraciadamente, así se escribe la historia.


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