OPINION

Renunciar a la gilda

José Manuel Barquero | Domingo 01 de febrero de 2026

Me gusta la buena mesa. Disfrutar de un buen restaurante en una compañía agradable, o incluso solo, es uno de esos placeres que uno se puede dispensar de vez en cuando. Me considero mallorquín de adopción, pero soy vasco de nacimiento. La gastronomía, además de ser un arte, en mi tierra de origen tiene algo de religión, de liturgia social capaz de vertebrar a un grupo heterogéneo. Los miembros de una sociedad gastronómica, que a veces coinciden con la cuadrilla de amigos, y a veces no, suelen ser cada uno de su padre y de su madre. Existen códigos y reglas que se han de respetar para preservar la convivencia y que allí quepa todo el mundo. Ahora, imaginen que dejo de acudir a una de las invitaciones de Patxi porque me entero de que en nuestra mesa de treinta se van a sentar dos de Bildu. Peor para mi, pensarían todos, porque me perdería un sublime bacalao al pil pil.

Podría ser peor. Imaginen que no acudo a la comida porque me cuentan que, en la mesa de al lado, el mismo día, a la misma hora que nosotros, va a almorzar otro grupo de amigos, y entre ellos habrá dos batasunos. Me tendría que despedir de unas maravillosas alubias de Tolosa con guindilla, que Patxi las borda. Pero aún se puede ser más estúpido. Imaginen que llamo a Patxi y le pido que no vuelva a invitarme nunca más, porque he averiguado que en Kukubarre, que así se llama la sociedad gastronómica, dos días después de nuestra comida, han convidado a almorzar a Arnaldo Otegi. A tomar vientos el delicioso goxua de postre.

Hay que ir con cuidado con esto de no ir a los sitios porque no te gusta la gente que está allí, o que ha estado, o que estará en el futuro. Imaginen que yo decido dejar de escribir en esta página porque colaboró, colabora o colaborará, algún columnista que publicó, publica, o publicará, estupideces. Si lo piensan bien, de estos hay por todas partes. Me consta que hay lectores que, en esa categoría, me incluyen a mi, y no pasa nada. Esta disparidad de criterios no sucede en Cuba, ni en Bielorrusia, ni en Irán, ni en Corea del Norte. En esos países sólo dejan publicar opiniones a las personas sensatas.

Vayamos un paso más allá. imaginen que un concejal, un parlamentario autonómico, un diputado o un senador, decidiera no acudir a los plenos o a las comisiones en los que tuviera que compartir espacio físico con otros cargos electos cuya ideología le repugnara. Todo comprendemos que, si este comportamiento se normalizara, sería el fin de la democracia parlamentaria. En un hemiciclo tienen derecho a estar todos los representantes que se presentaron en listas de partidos políticos o agrupaciones electorales que cumplían los requisitos legales.

Ya digo que hay que ir con ojo de no llevar este argumento hasta el extremo. Imaginen ahora a una gran editorial, yo que sé, el Grupo Planeta, por citar una. Entre los doce mil autores que, desde 1949, han publicado bajo su sello, es imposible no encontrar alguno que haya profesado una ideología criminal. O, si se prefiere, escritores que defendieron ideologías que, en la praxis, han promovido crímenes. Por ejemplo, el fascismo, o el comunismo. Siendo coherente con el argumento de no sentarse a la misma mesa donde estuvieron, están o estarán, según quienes, uno no debería volver a comprar un libro del Grupo Planeta, de ninguno de su medio centenar de sellos editoriales. Eso supondría renunciar de una tacada a las alubias, el bacalao al pil pil y el goxua.

El escritor David Uclés se ha negado a acudir a unas jornadas en Sevilla sobre la Guerra Civil porque otro día, en otra mesa, a otra hora, se iban a sentar José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros. Dice el joven Uclés que no quiere legitimarlos con su presencia. Es una afirmación temeraria, tanto como decir que leer sus casas vacías supone legitimar los crímenes de la Segunda República. Debería vigilar el Grupo Planeta que, entre sus lectores, no cunda el ejemplo de intolerancia que va propagando Uclés.

Como lector, no me puedo permitir el lujo de renunciar a García Márquez, Saramago, Céline, Curzio Malaparte o Knut Hamsum, autores que tontearon, o algo más, con el comunismo y el fascismo. Sería una estupidez, porque me perdería el menú completo. Sin embargo, el sectarismo de Uclés permite que me salte el aperitivo de su península, e incluso las gildas en forma de libro que nos vaya ofreciendo en el futuro.


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