OPINION

El discurso del funeral

Julio Fajardo Sánchez | Viernes 30 de enero de 2026

Liliana Sáenz de la Torre, junto a su hermano Fidel, pronunció un discurso en el funeral celebrado en Huelva por las víctimas del accidente de Adamuz. No estoy seguro de que haya estremecido por igual a los partidarios del laicismo como a los que, movidos por su fe religiosa, reconocían a Dios como la única presidencia que querían a su lado en el momento del consuelo. La división polarizadora puede llegar a estos extremos y hacer del dolor por la tragedia una manifestación de convencimiento político. Ya digo que no estoy seguro, pero las cosas, en principio, se muestran así, al menos aparentemente.

Las palabras de Liliana han sido escogidas para llegar al corazón de la gente, cuidando muy bien de evitar reclamaciones altisonantes y otorgando el agradecimiento a todos, incluso a los que asistieron por agenda, como contraposición a los insultos que se produjeron en Valencia solo unos meses atrás. A pesar de ello hay quien se sigue empeñando en comparar ambas situaciones, en una guerra donde los asesores deberían aconsejar que así tienen todas las de perder. Me quedo con la frase “es mejor saber que imaginar”, en la que se reclama el establecimiento de la verdad como única forma de reparar el duelo de las víctimas.

Lo escuchado ayer en Huelva bien merece el calificativo de contundente, robándole el término a los publicitarios de Moncloa que siguen hablando de bulos, de fango y de fachosfera. Para qué vamos a cambiar. Ayer los representantes del Gobierno entraron en el recinto por un acceso lateral, evitando hacerlo por la puerta que usaron los reyes y el resto de asistentes. Por un momento el polideportivo Carolina Marín se convirtió en la casa de Dios y nadie se atrevió a levantar la voz.

Los laicos habrían convertido el acto en un gallinero vociferante, como lo fue el senado esa misma mañana. Sánchez se fue a un cumpleaños y su ministro Óscar Puente a diseñar su estrategia para los próximos días. Espero que hasta ellos haya llegado la emoción que levantó el discurso de Huelva al que ignoro si se le ha dado la suficiente difusión. Me temo que no. No era noticia de interés para los laicos que parecen haberse convertido en la masa social de este país. Para muchos será la expresión sensiblera de un pueblo auténtico que muestra su dolor envuelto en la esperanza y que evita decir que la tierra te sea leve cuando tiene que ser solidario en la desgracia del que tiene cerca.

Estas son las cosas que explican por qué el papa Francisco no quería venir a España. No se trata del cumplimiento de una obligación constitucional sino del negacionismo a todo aquello que no forme parte de unas premisas ideológicas. Negar los sentimientos del pueblo es negar la cultura, negar el llanto, negar el modo de reconfortarse ante el dolor de quien no lo sabe hacer de otra manera, negar la oportunidad que tienen los demás de ser igual de inteligentes. Por el contrario, muestra la soberbia del que se cree en posesión de la verdad, que hace del ateísmo una exhibición estúpida, que se mofa de los creyentes tachándolos de pobres de espíritu, ignorando que Jesús los consideraba bienaventurados precisamente por eso.

Sinceramente pienso que están muy equivocados.


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