Vivimos rodeados de estímulos, de imágenes, de sonidos, de información constante. Nunca habíamos visto tanto, ni oído tanto. Y, sin embargo, nunca había sido tan difícil mirar de verdad y escuchar en serio. Porque ver no es lo mismo que mirar, y oír no es lo mismo que escuchar. Lo primero es un acto físico; lo segundo, una actitud interior.
Ver es recibir datos. Mirar es prestar atención. Oír es percibir sonidos. Escuchar es dejarse afectar por lo que suena. En sociedades aceleradas, acostumbradas a pasar de una cosa a otra sin detenerse, corremos el riesgo de vivir en la superficie de lo real: lo registramos todo, pero casi nada nos transforma.
Quizá uno de los problemas más profundos de nuestro tiempo no sea la falta de información, sino la pérdida de la capacidad de observación. Observamos poco porque miramos deprisa. Porque no concedemos tiempo a las personas, a los acontecimientos, a nosotros mismos. Y sin observación no hay comprensión; sin comprensión no hay juicio; sin juicio no hay verdadera responsabilidad.
Mirar supone una forma de respeto. Es aceptar que la realidad no se agota en lo que nos conviene, en lo que confirma nuestras ideas o en lo que encaja con nuestros intereses. Escuchar implica algo parecido: renunciar por un momento a tener razón para dar espacio a la palabra del otro, incluso cuando incomoda, incluso cuando descoloca.
En el fondo, mirar y escuchar son ejercicios de humildad. Reconocen que el mundo es más amplio que nuestra perspectiva y que la verdad no se posee, se busca. Frente a la cultura del comentario inmediato y de la opinión automática, la observación de lo real exige silencio, lentitud y una cierta disposición a cambiar.
Tal vez por eso nos cuesta tanto mirar el dolor ajeno, escuchar los conflictos sociales, atender a los signos de cansancio colectivo. Preferimos ver sin implicarnos, oír sin comprometernos. Pero una sociedad que no mira ni escucha termina perdiendo contacto con la realidad y empieza a vivir en una burbuja de interpretaciones.
Aprender a mirar y a escuchar no es una técnica, es una forma de estar en el mundo. Implica educar la atención, cuidar el tiempo, resistir la dispersión. Y, sobre todo, aceptar que la realidad siempre tiene algo que decirnos antes de que nosotros tengamos algo que decir sobre ella.
Quizá el primer paso para transformar algo no sea cambiarlo, sino aprender a observarlo sin prisas y sin prejuicios. Porque solo quien mira de verdad puede comprender. Y solo quien escucha de verdad puede empezar a responder con humanidad.