OPINION

Canariedad de golpe de pecho

José Luis Azzollini García | Lunes 19 de enero de 2026

Aún tengo la memoria sana como para recordar mi “momento de patriotismo canario”. Años en los que una bandera tricolor, debía llevar sus siete estrellas verdes para ser considerada como auténtica. Momentos en los que como himno nacional se cantaba aquello de: “me gusta la bandera”. Historia que pasaba por considerar que todo lo que no fuera canario, debía ser godo, con la excepción del amigo, al que se le colocaba en una especie de limbo patriótico, dándole la titulación de “peninsular”. ¡Como si las dos cosas no fueran lo mismo!

Los años pasan y, usando el enunciado de la Ley de la Conservación de la Masa del químico francés, el Señor Lavoisier: “todo cambia o se modifica”. ¡Vamos que si se modifica! Donde antes se veía una bandera tricolor, como única enseña, ahora se le da más valor práctico a la roja y gualda de siempre; dejando la tricolor para temas más entrañables y sentimentales. Cuando estamos ante personas que llegan de fuera, nos preocupa más el que vengan a producir, que si silban al hablar. El calificativo de “godo” está cada vez más restringido a ese grupo de personas que ven en la canariedad, una plataforma para hacer valer sus instintos más especulativos. Es posible que el peninsular, por serlo, ya no cargue él solito con el peso de tamaño desprecio. Pero venga de la península, o de donde narices que venga, quien muestre su desprecio al canario o a lo que representamos, sí que tendrá un premio gordo, no solo llamándolo godo, sino que dicho epíteto podrá ir acompañado de “Godo de m__piii

El patriotismo canario, hoy en día, está más enfocado a temas que tocan lo mundano, que lo relacionado con lo sentimental. Cualquier persona puede ser un auténtico defensor de la canariedad independientemente de donde haya nacido. Es más, he tenido la ocasión de conocer a gente que, nacida en el resto de Europa, defiende este terruño desde el primer día que lo conocieron. Su amor por lo canario les ha calado tanto que, cuando compran una pequeña casita, no dedican su esfuerzo y recursos económicos, en tirarla al suelo para construir un hermoso chalet de formas geométricas construido con hormigón visto a modo de “búnker”. Todo lo más, tratarán de recuperar un pequeño estanque existente para usarlo como piscinita o bañera olímpica. Ese empeño suele estar enfrentado a otro estilo de casa canaria construida por gente de la tierra, compuesto por una edificación a dos alturas con salón en la parte baja para guardar el todo-terreno con el que recorrerán los caminos rurales de lo que, estos otros dueños, considerarán su tierra. ¡Su patria!

En esta bendita tierra, estamos demasiado acostumbrados a darnos golpes de pecho cuando nos referimos a la condición de “patria Canaria”. Pero en muchos casos, solo se trata de eso: “Golpes con el puño cerrado sobre la caja torácica, antes de lanzarlo al aire en señal inequívoca de lucha”. Ahí suele terminar, con mayor frecuencia de la deseada, todo el interés de lucha por lo auténtico. Por nuestra cultura, por nuestros derechos. Derecho, incluso, de ser parte de un país, pero sin complejos de ningún tipo. Y, desde luego, derecho a elegir lo que más conviene a la gente que vive en las islas. Participando del Estado, pero no como ciudadanos de tercera, sino con los plenos derechos que nos otorga la Constitución.

¿Tenemos una forma de hablar diferente? Sí, ¿y qué? Quienes entienden de todo lo que atañe a la literatura, escritura y formas lingüísticas, afirman y en muchos casos defienden, que esta forma que usamos en Canarias es tan española como la que se usa en Valladolid, por poner un sitio. Se puede y hasta se debería hablar con nuestro deje canario y usando las palabras que hemos ido absorbiendo de las distintas culturas con las que nos hemos ido mezclando. Pero eso, tampoco quiere decir, que debamos ser tan permeables ante cualquier costumbre que se dé en otras latitudes y tengamos que asumirlas como propias. Por mucho que veamos en las películas o en la televisión formas de hablar o de relacionarse que se dan de otras culturas, que últimamente se han venido a vivir entre nosotros tenemos que asumirlas como si fuera una obligación. Sin ir más lejos cuando éramos chiquillos o jovencitos, entre nosotros nos tildábamos de “pibes” o de “notas”. Recordarán lo de ¡Ay! ¡Qué le pasa al nota! Eso era muy del Toscal, aunque ya casi ni se escuchan esas expresiones. Hoy a la chiquillada se les oye repetir hasta la saciedad una nueva palabreja que no es más que una contracción nacida probablemente en la américa de suburbios neoyorquinos o colombiano-venezolanos americanizados. Me refiero a lo de “bro”. Bro, para arriba, bro para abajo; bro por aquí, bro por allá. ¡Qué hartito estoy de escucharlo! Es una expresión que viene a ser algo así como el diminutivo de “hermano”, pero usar esta última versión suena a demasiado “cubanito” y eso no siempre está bien entendido. Por otra parte, la juventud también tiene derecho a elegir sus modas pero, ésta que han adoptado, me parece que poco ayuda a despejar cierta duda de amor por lo canario. Ya se irá viendo.

En cualquier caso, por encima de esa simpleza, llama también la atención aspectos que van más allá del día a día. Me refiero a todo lo que pueda significar el seguir justificando toda la sorriba que se produce en nuestro territorio en virtud de un progreso turístico. Siendo un defensor del Turismo como me considero, sigo manifestando que hasta el progreso debe tener un límite para que dicho avance no suponga un final trágico para quienes vivimos y queremos seguir viviendo en esta tierra. Me atrevo a sugerir que si a algún político le da por poner semáforos en la carretera, tal vez deberían ya considerar el dejar alguno de esos artilugios para frenar el consumo de suelo para seguir construyendo hoteles.

Recientemente he participado en un programa de radio en el que se trataba un tema tan importante como lo puede ser el vino. Independientemente de la última situación por la que pasa esa producción en Canarias, me resulta un tanto peculiar la forma de entender lo canario de mucha gente. No solamente me refiero al entorno político, que también, sino a nosotros mismos como usuarios. El vino canario ha ido mejorando hasta límites que jamás se llegaron a intuir, muchos años atrás. Pero cuando nos sentamos a la mesa en un restaurante, los caldos canarios -sobre todo el tinto- forman parte de una segunda alternativa. Solo eso. La primera elección, siempre pasa por un buen “Rioja” o un inmejorable “Rivera”. Los entendidos se atreven a pedirlos por nombres propios aun a sabiendas que su paladar está por detrás de su conocimiento de etiquetas y contra etiquetas. Lo más triste del caso es que, en muchas de esas mesas, se brindará por el futuro de Canarias. En las pasadas navidades, según he leído en www.eldiario.es, en el mismísimo Parlamento se produjo un acto de canariedad de esos que dejan huella: Se le entregó, parece ser, una cesta a cada Señoría, conteniendo productos de Valladolid, Galicia, Extremadura, Ciudad Real y hasta de Escocia. ¡Viva la canariedad institucional! Así se entiende que muchos hijos de canarios salgan a formarse al extranjero.

Cuando oigamos a un canario subrayando su nivel patriótico, rasquemos un poco en la superficie, por si estamos ante un “godo”, de habla canaria.


Noticias relacionadas