Tengo que confesarle, señor Alcalde de la dignísima e invicta ciudad de Santa Cruz de Tenerife, que en el encabezamiento de esta carta no utilicé los atributos ni la dignidad que a su cargo le confiere el protocolo, porque el tema del que quiero hablarle no tiene la enjundia suficiente..., bueno no estoy seguro.
Tómelo como el comentario de un ciudadano que nunca será hijo ilustre de esta ciudad, pero que la quiere como si lo fuera.
En este momento que comienzo con la redacción son las 18:30 horas del sábado 03/01/2026, día lluvioso, que pareció entretener sus horas en “empapar” las mías, cada vez que salí de casa o del trabajo.
¡Qué manera de llover!, con una desgana singular, como si el viento, las nubes y el cielo estuviesen compitiendo a ver quien era el más valiente, o se hacía notar más, en las primeras jornadas del año.
Por momentos el paraguas se mostraba insuficiente, incapaz de resistir las gotas que lo atacaba de costado, incapaz de resistir las ráfagas que lo convertían en antena parabólica, incapaz de concentrar su protección en mi cabeza, justo allí donde residen mis tempestades.
Ahora mismo avanzan como un ejército oscuro las sombras de la tarde, pero esta mañana, al salir de casa, me sentí -me gusta exagerar- como en Venecia, solo faltaban alguna góndolas. Por eso me sorprendió ver un grandísimo camión cisterna en la calle Ramón y Cajal, operado por dos personas, una conduciendo y otra con una manguera enorme, lavando con agua y espumas unas aceras que estaban más que limpias, tras días y días de agua milagrosa que caía del cielo buscando desagües y barrancos.
Lo dejé pasar, eso sería a las 6:30 de la mañana, se lo digo calculando porque no me fijé en la hora, me limité a restar minutos cuando llegué a destino.
Pero sigamos con el desarrollo de la jornada, al instante en que, con algo de tiempo, decidí escribirle esta carta, por dos razones, la primera porque la venía postergando, la segunda por lo que me pasó.
Ignoro si usted se dedica a recorrer las calles de la capital que dirige, servidor las recorre a todas,
Sería presuntuoso asegurarlo, pero me parecería raro que otra persona tuviese más kilómetros recorridos andando, ya debo haber dado -en distancia- media vuelta al mundo, persiguiendo árboles, esculturas, edificios, balcones.
De tal modo, puedo referir con certeza los problemas que me hacen tropezar, cada socabón, grieta, o trampa que hacen daño a las personas.
Es entonces cuando me entero, también por la profesión, de la cantidad de personas mayores que se caen en la ciudad que gobierna. Si lo supiese, se asustaría. Entorsis, desgarros, lesiones, no una, tampoco una docena, cuando observo un brazo en cabestrillo me imagino la causa, siempre en personas mayores. ¡Se caen!, ¿nunca se lo dijeron?
Usted podrá argumentar que soy un alarmista, lo asumo, y que si me he caído es por mi natural incompetencia “andarina”, también lo acepto. Eso cuando estamos hablando en tiempo de secano.
Ahora bien, cuando caen cuatro gotas, sus aceras, se convierten en favorecedoras de centros traumatológicos.
Y hoy más que ayer, por culpa de los propietarios de mascotas, que cada vez que sus criaturas descargan lo que tienen que descargar, ellos hacen lo propio, liberando una mezcla espumosa que se seca, y luego, cuando se moja... ay, cuando se moja, no hay barandilla cerca de donde agarrarse.
Vale, de acuerdo eso es difícil de erradicar, igual con alguna campaña, no sé; lo otro es más grave lo que le voy a decir es más grave.
Tiene que dar la orden para que no laven las aceras generadoras de traumas con espumas líquido espumoso, sé que va a decir que no es detergente, también lo asumo, ¡pero patina!, y si patina la gente se cae.
Hoy, cuando dije que ya no pasaría más sin escribirle, en la calle Ramón y Cajal, por culpa de los efectos limpiadores, casi me convierto en puré, no una sino dos veces, igual que dos señoras que venían de frente, juntas, abrazadas, como si estuvieran en una procesión rezando por sus ligamentos.
Si va a llover no riegue, y si no va a llover, tampoco riegue con esa solución, porque las previsiones meteorológicas pueden fallar. Si quiere hacerlo puede hacerlo, pero con algo que cuando se seque no deslice y cuando está todavía húmedo tampoco.
¡Con todo lo que hay que hacer en Santa Cruz, entretenerse en limpiar de esa manera, y con esos métodos, es francamente impropio, y hacerlo frente a carteles que aconsejan duchas cortas porque el placer igual puede ser largo, o algo parecido, parece falto de coherencia.
Podría hacer una itinerario de las calles intransitables cuando caen cuatro gotas, pero para ser realmente pedagógico, lo mejor que podría hacer es proveerse de un paraguas el día que llueva, calzarse una buenas zapatillas con suela anti derrape y salir a ver el “patio”, sería muy saludable.
Si quiere ir a tiro hecho recorra las calles Ramón y Cajal, la Avenida La Salle, lléguese al barranco de Santos y pase como si fuera, rapidito, hacia la mar.
Esta carta no es un reproche, es un consejo, y si con una sola orden consiguiese que una persona, ¡una!, no tuviese que penar por culpa de una caída estúpida, podría justificar su mandato. A mi también me justificaría, por una vez los bodrios que perpetro podrían servir para algo.