OPINION

Hoy todavía estoy aquí

Daniel Molini Dezotti | Sábado 27 de diciembre de 2025

Pretendía cumplimentar dos propósitos en el último artículo del año; el primero, trasladar una pizca de agrado a los lectores, a quienes he castigado, semana tras semana, con texto tristes, o que contaban historias dramáticas, o que no transmitían aspectos positivos, en un tiempo donde la realidad..., dejémoslo así, para poder avanzar en el cometido de agradar.

El segundo propósito, casi implícito en el primero, era completar el mensaje con un tono esperanzador, dirigido a personas que en este momento necesitasen una palabra de aliento porque han sufrido o están sufriendo pérdidas, enfermedades, violencias, rechazo, marginación, soledad.

Rápido me di cuenta de que se trataba de un empeño inabordable, que podía terminar en un desastre al caer en lugares comunes, a los que se llegan, igual que al dolor, poco a poco o de forma repentina.

Tampoco tardé en constatar, no sé si por la melancolía que me producen las fiestas, que el contenido en las vasijas de la inspiración era nulo, y a pesar de revisar notas, comentarios y lecturas no hallaba el tono justo de lo que me proponía.

La responsabilidad de estar presente en esta sección de fin de semana me alentó a hacer trampa. Estaba solo, de madrugada, abrigado por el silencio propio del 25 de diciembre, y, como el público disfrutaba los excesos de la Nochebuena y no me vería, ¡la hice!, ¡sí, a la trampa!

Le pedí a mi colaboradora digital, artificial e inteligente lo siguiente: “Necesito redactar un texto esperanzador, que me ayude a disipar las sombras que amenazan con cubrirlo todo, que sea optimista, apuntando a una de las virtudes de las que está dotado el ser humano: la esperanza.”

“No sé si usted sabrá -todavía no tuteo a mi colaboradora en la nube- que la esperanza nos permite seguir buscando el sentido y levantarnos, incluso cuando no nos encontramos.”

“En síntesis necesito algo que no consigo hacer, un texto que no se exceda de 900 palabras.”

Seguramente, para no hacerme sentir mal, mi ayudante contestó integrándose en el complot de una forma sorprendente, tratándome de tú: “Podemos hacerlo así, te propongo una artículo completo en primera persona, en tono sencillo, honesto, humano, para que luego puedas ajustarlo con tus propios matices.”

Incluso, le puso un título: “Cuando la vida se rompe… y, aun así, seguimos”

Comencé a leer con curiosidad, y el primer párrafo me pareció plagiado o adaptado, de una canción de Julio Iglesias, ¿o Rocío Jurado?

“No sé en qué momento exacto se rompió tu vida, pero sé que, cuando ocurre, uno deja de reconocerse. De pronto, lo que antes tenía sentido se convierte en una habitación apagada donde los muebles siguen ahí, pero ya no encuentras el interruptor. No hace falta que nadie venga a decirte que “hay que ser fuerte”: lo que necesitas, más bien, es que alguien se siente a tu lado y te diga, simplemente, “te creo”.”

Lo que leí, antes de llegar al punto, no me gustó. Me pareció una colección de analogías formuladas a lo largo de siglos de literatura, impropias de una destreza digital de última generación.

Pero como me suele ocurrir, la curiosidad le ganó la batalla al sentido común, y seguí leyendo: “Durante mucho tiempo se nos ha educado para ocultar la grieta. Para salir a la calle con la cara lavada, el gesto correcto y la frase ensayada: “todo bien, tirando”. Pero por dentro el cuerpo recuerda cada golpe, cada pérdida, cada traición, y pide el derecho a llorar lo que no se le permitió llorar. A veces la inspiración, esa palabra tan solemne, comienza precisamente ahí: en el momento en que dejamos de fingir.”

“¿Pero qué le pasa?, ¡usted está desvariando!”, acusé a mi secretaria, “vuelva atrás y compruebe lo que le pedí.. Está sumergida en un estilo que podría denominar cigüeña, no puede ser que le haga un encargo y me deje por la chimenea algo distinto, pretendía un antídoto contra la desesperanza.”

Sin tiempo para pensar, ¡sorprendente!, en 0 coma segundos, devolvió.

“No hay nada heroico en sufrir, pero hay algo profundamente humano en reconocer el propio cansancio. Tal vez te despiertes por la mañana con la sensación de que el día te pesa antes incluso de empezar, como si tuvieras que atravesar un desierto con zapatos mojados. Eso no te convierte en débil, te convierte en alguien que ha vivido, que ha amado, que ha perdido y que todavía, de algún modo, sigue aquí leyendo estas líneas.”

“Cuando la desesperanza aprieta, la mente tiende a contarnos la misma historia una y otra vez: “nada cambiará, siempre será igual”. Es una narradora insistente, incansable. Sin embargo, si miras con un poco de calma tu propia biografía, encontrarás pequeños episodios en los que también pensaste que no podrías seguir y, pese a todo, seguiste...”

No me atreví a ser descortés, pero le pedí que frenase con esos consejos remanidos, repleto de nadas que suenan bien. Le exigí algo consistente, que ayudase a sumar gestos para convencer a los lectores que no siempre los encierro en letras dolorosas, concluí: “Todo lo que asegura parece artificial, de plástico, poco humano.”

Y en ese momento caí en la cuenta de la irreductibilidad a la que me enfrentaba, de la constancia de la máquina: “Vamos a afinar la redacción hacia una prosa más humanitaria, menos artificial.”

Antes de darme por vencido pude leer: “Este texto no va a salvar a nadie, y tal vez eso sea lo más honesto que se pueda decir. Pero si deja una rendija, aunque sea pequeña, ya es algo. Una rendija por la que entre una bocanada de aire, una idea tímida, una frase sencilla: “hoy todavía estoy aquí”


Noticias relacionadas