OPINION

Prepotentes y dañinos

Daniel Molini Dezotti | Sábado 29 de noviembre de 2025

Tras una semana en el país, después de haber transitado más de 1400 kilómetros entre dunas, olivares e historias, llegó el momento que siempre llega en los viajes, ese que convierte la felicidad en recuerdo y el futuro en las ganas de regresar..

La persona que había sido nuestro guía, primero traductor y luego amigo, nos dejó en el sector de salidas del Aeropuerto Internacional Cartago, de Túnez, donde fuimos despedidos.

Con Mohamed aprendimos aspectos de un país sorprendente, amable, y a la hora del adiós estábamos pletóricos, con ganas de contar nuestras experiencias, relacionadas con la cultura y dignidad de un pueblo con necesidades, capaz de enfrentarlas con trabajo y buen hacer.

Ni un solo minuto del tiempo allí pasado se manchó con algo desagradable, todo fueron parabienes.

En resumen, una maravilla de viaje, con las complicaciones normales que tiene salir de casa, que se superan cuando quienes participan de lo nuevo lo hacen con ganas.

Llegamos a la terminal con tiempo suficiente para facturar el equipaje, y superar las penurias de los controles antipáticos, igual que en todas las aduanas del mundo, gestionadas por seres que parecen compartir el código genético que potencia la mala uva.

Tras colas suficientes, con todos los artilugios eléctricos, zapatillas, abrigos, y cinturones fuera de su sitio, y después de rayos y palpamientos, accedimos a la zona de embarque.

Serían aproximadamente las 14:15 horas de un día cualquiera, y un compañero de la comitiva fue abordado por un funcionario con gafas, con cara de estreñido, que le preguntó si hablaba inglés.

Al tipo no le gustó la respuesta que escuchó, “un poquito”, o la entendió fatal, o interpretó peor, lo cierto es que el grupo, ya reunido del otro lado del control, advirtió la demora.

La esposa del afectado nos contó que se lo habían llevado a un espacio cerrado, bastante alejado de donde estábamos. Inmediatamente nos dirigimos a ese sitio, e intentamos hablar con uniformados, explicarles la situación, pero nos atendían con indiferencia superlativa, repitiendo como si fuese una lección aprendida, que se trataba de un problema de aduana.

Cuando la paciencia -por el tiempo transcurrido- dejó paso a la indignación, pedimos hablar con quien comandaba la seguridad, que oteando desde el más allá parecía poseer un galón más que el resto. Le expusimos lo que estaba sucediendo y, también, que pretendíamos hacer una queja formal.

No se inmutó, mirando para otro lado nos alcanzó un teléfono, pidiendo que hiciéramos el reclamo. Exigimos hacerla por escrito, entonces, apuntó en un papelucho una dirección de correo electrónico, al tiempo que imprecaba en su idioma algo que no eran rezos.

Mientras discutíamos con ese funcionario, a nuestro compañero de excursión le revisaban la ropa, le sacudieron el paraguas que portaba, tironearon los forros de su equipaje, mientras preguntaban insistentemente cuantos dinares tenía, y dónde estaban los dólares.

Como el responsable era inoperante, sin que hiciera nada para evitarlo, me acerqué al cuartucho donde el “detective” estaba oficiando su ceremonia de investigador rancio, justo en el momento que salía.

Le expliqué que era médico, que la persona que estaba demorada había sido intervenida recientemente, y le pedía un trato mejor, que éramos turistas y estábamos preocupados.

Como me miraba con desprecio, le repetí los riesgos que tenía lo que estaba haciendo, que merecía un reproche, y que, como médico, le advertía sobre su mal proceder y los peligros que implicaba.

Sonriendo con una parte de la cara, al estilo asimétrico de los mafiosos de películas de bajo presupuesto, me conminó, con malos modos, que me marchara de allí, que si yo era médico, él era capitán.

Por suerte, a la distancia conseguí ver al demorado, que salía de su “prisión” acomodándose la camisa y refunfuñando adjetivos de rabia. Cuando estuvo cerca, indignado, impotente, decidió que no volvería más a ese lugar, que lo sucedido le había recordaba la película “El expreso de medianoche".

Y mientras esto decía yo me preguntaba: ¿qué derecho tiene un imbécil para obviar las normas de la corrección en un territorio que necesita el turismo, atacando la fuente de un recurso económico en vez de defenderlo?

Cuando Intentaba fijar lo sucedido, para tratar de transcribirlo de la forma más fidedigna posible, el mismo macarra de la ley comenzó a interpelar a gritos a un japonés, mientras su esposa se desesperaba.

“¡No lo abandone señora, no lo deje, dígale que no puede!”, le aconsejaba mientras se alejaban ambos rumbo al cuartucho.

¿En manos de quien está la “seguridad” de un estado, los responsables deberían elegir mejor a las personas que vestirán uniformes, darles clase de urbanidad antes de ponerlos a funcionar, quitarles los complejos.

No saben que dan asco, y si este texto ve la luz hoy, después de meses, es porque esperaba alguna respuesta, que no se produjo, de algunos de los sitios donde fue remitido antes: ministerios, embajadas, aviación civil, aeropuerto, todos de Túnez..

Silencio absoluto, ni media patada en el antifonario del violento, no tomaron nota; pero esto no debería impedir viajar a aquel país, rico en cosas para ver fuera del aeropuerto y millones de personas como Mohamed. El único cuidado debería ser no tropezar, a la salida, con un tipo alto, y cara de estreñido.


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