23 de septiembre de 2020, 4:35:35
OPINION


Imparables

Por Joana Maria Borrás


El imparable avance tecnológico nos permite salir de la sombra y enfrentar a los más mediocres a la aterradora luz del sol (aterradora para ellos claro está).

Hasta hace pocos años era relativamente fácil que cualquier marca, producto o prestación de servicio se ofreciera de forma de tal que resultara casi imposible compararla con otras porque la información era limitada; años después avanzamos a un sistema publicitario que nos permitía comparar tan sólo aquellos productos o servicios que podían permitirse el lujo de pagar un anuncio en televisión o radio; en definitiva existía un mundo totalmente desconocido en el que otros podían competir en calidad y precio pero tan sólo en un radio de pocos kilómetros a su alrededor.

El acceso a la información, no sólo a la que cuesta dinero, sino también a la que nos puede proporcionar cualquier persona desde cualquier parte del mundo, ha abierto la caja de Pandora y nos hemos dado cuenta de que calidad y precio pueden mantener equilibrios distintos a los que nos estábamos acostumbrados.

Los pioneros en darse cuenta de ese cambio son los millonarios de ahora: ropa a bajo precio con los diseños más modernos; muebles/puzzle que caben en una caja de cerillas. Son sólo dos ejemplos del comienzo de esta revolución.

Pese a ello, hay quienes siguen pensando que van a conseguir detener esto: La guerra de los taxistas contra un sistema más moderno de contratar un servicio de transporte; la guerra que ya se vislumbra de las agencias inmobiliarias contra servicios a través de internet que ahorran al cliente una importante cantidad de dinero en concepto de comisión; la guerrilla ya olvidada entre las agencias de viajes y la ventas online. El final para todas y cada una de estas contiendas ha sido exactamente el mismo: lo antiguo ha tenido que claudicar ante la modernidad y ha tenido que reinventarse para sobrevivir.

En realidad, lo único que depende de nosotros es decidir si queremos reinventarnos ahora o si lo haremos dentro de un tiempo cuando hayamos resistido en las trincheras hasta acabar los víveres. No tiene sentido alguno hacerlo así, es evidente, pero todavía hay quién piensa que tiene alguna oportunidad de frenar esos avances.

Gran parte de la responsabilidad en este tema, como no podía ser de otro modo, la tienen quienes nos gobiernan. No se puede proteger con uñas y dientes la continuidad de un sistema caduco cuando se demuestra que hay otro mucho mejor no por ser más moderno, sino por ser más eficiente. Por eso, proteger la manera de prestar servicios en ciertos sectores no deja de ser un craso error por- que lo más conveniente sería ayudar a dichos sectores para que su adaptación a los nuevos tiempos se hiciera realidad en un corto espacio de tiempo.

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